viernes, 13 de abril de 2018

Reseña: Nueva York 2140

Nueva York 2140.

Kim Stanley Robinson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Biblioteca Kim Stanley Robinson. Barcelona, 2018. Título original: New York 2140. Traducción: Manuel Mata. 645 páginas.

Economía, desastre medioambiental y advertencia ecologista, teoría económica, pinceladas de aventura, exploración y arqueología urbana subacuática, economía financiera aplicada, especulación de futuro cercano e intriga policíaca, política y social, críticas a la economía capitalista, pesimismo general matizado por un optimismo local, nuevos desarrollos tecnológicos…, y sí, bueno, mucha economía. Robinson extrapola desde nuestro presente una situación futura tan pesimista como romántica y, desgraciada y muy posiblemente, real: el cambio climático ha traído consigo el deshielo de buena parte de los casquetes polares y la consecuente subida del nivel de los mares, anegando las costas y convirtiendo buena parte de Manhattan en una nueva Supervenecia. Los residentes han tenido que adaptarse ellos mismos y sus edificios a la nueva situación. Las calles se han convertido en canales surcados por diferentes tipos de embarcaciones, desde hidroalas privados a vaporettos a modo de taxis. Gracias a la investigación y desarrollo de nuevos materiales los más ricos han construido en la parte alta de la ciudad, todavía libre de las aguas, unos super rascacielos de cientos de pisos de espacio desaprovechado, mientras que la clase media y baja sigue sobreviviendo en los depauperados y amenazados barrios marginales, entre el embate de las olas y los elementos que dificultan el día a día en la intermarea. Sea como sea, los neoyorkinos, una casta especial de ciudadanos, se resisten a abandonar su urbe. Superado, en teoría, lo peor de la catástrofe medioambiental, el colapso de las infraestructuras o la crisis humanitaria de refugiados y desplazados, la ciudad renace, retoma sus fuerzas y sigue viviendo con ansia desmedida. Pero, ¿ha pasado de verdad lo peor o es tan sólo un espejismo, la calma antes de la tormenta? El autor convierte esta novela en un aviso sobre un proceso que muy bien podría estar a punto de convertirse en irreversible: el cambio climático.

Robinson presenta ocho líneas narrativas, siguiendo a una serie de personajes cuyo único punto de contacto inicial es que viven en o en el entorno de un mismo edificio, la torre Metropolitan Life de Madison Square, pero cuyas vidas se van a ir entrelazando hasta desembocar en un objetivo común. Los programadores sin demasiada suerte, Mutt y Jeff, que viven en el piso sin paredes de la granja del edificio, mientras aspiran a algo mejor, incluso a cambiar el orden mundial establecido mediante un hackeo peligroso, sobre todo para ellos. La brusca inspectora Gen Octaviasdottir, con poca relación hasta el momento con el resto de residentes, pero que se va a ver implicada en su día a día debido a la investigación de la desaparición de alguno de ellos. El experto en mercados y finanzas Franklin Garr, especialista en inversiones de riesgo que gusta jugar al límite esperando poder retirarse antes de la explosión de la próxima burbuja bursátil inmobiliaria, algo que ve cercano en el horizonte. El encargado del mantenimiento del Med Life, Vlade, implicado en todas las áreas del mismo, desde la seguridad a la fontanería, y quien más sabe del pulso del lugar. La picante videoestrella de la nube, Amelia Black, con un programa de éxito que emite desde su dirigible, el Migración Asistida, sobre los intentos de salvación de las muchas especies animales en peligro de extinción, y que tiene en alquiler un apartamento en la torre en el que tampoco es que pase largas temporadas. La agobiada y maternal Charlotte Armstrong, incansable, inflexible e irreductible trabajadora social en favor de los inmigrantes, miembro del Sindicato de Propietarios de la ciudad y presidenta del consejo de administración de la torre. Los ratas de agua Stefan y Roberto, dos muchachos de apenas doce años que no se sabe demasiado bien dónde viven, pero que de seguro lo hacen en las cercanías del edificio, allá donde puedan amarrar su barquichuela y desarrollar sus trapicheos. Y por último un sarcástico individuo que interpela directamente al lector, identificado simplemente como «un ciudadano», quien en primera persona —sólo este y su contrapartida ideológica, Franklin, el adalid del capitalismo, poseen una línea directa con el lector sobre sus ideas y pensamientos, mientras el resto son mostrados a través de un narrador en tercera persona— parece expresar la voz del propio autor, dando cuenta de los eventos del pasado que han conformado ese presente, el avance del calentamiento global, los Pulsos del deshielo, las teorías económicas que han llevado al desastre, la incapacidad de la humanidad para hacer un frente conjunto al problema o las tibias respuestas que intentaban buscar una solución.
Ilustración: Stephan Martiniere
La mayor parte del primer tercio de la novela la ocupa Robinson en construir su mundo, centrándose en un inundado bajo Manhattan, aunque sin obviar ciertas miradas al resto del mundo desde una perspectiva mayoritariamente ecológica. El autor, casi con una consistencia de documental, crea un escenario que cobra vida gracias a su multitud de detalles superpuestos sobre las conocidas calles, avenidas y barrios de la ciudad de los rascacielos, desde el funcionamiento interno de la cooperativa del Metropolitan Life, a imagen de toda otra serie de edificios de oficinas reconvertidos en residenciales, a la red de puentes tendida entre los rascacielos y edificios que se mantienen en pie. Desde la historia de Nueva York, y las anécdotas de su construcción y residentes afamados, a las consecuencias del cambio climático, ya imparable, sobre la fauna en peligro y los intentos desesperados de salvarla que, cómo no podría ser de otra manera, siempre encuentran oposición incluso entre los mismos ecologistas. Desde la producción de alimentos mediante nuevos métodos de acuicultura a las innovaciones tecnológicas que permiten proteger los cimientos inundados de los rascacielos o la construcción de nuevas estructuras más altas que nunca. Desde los «nuevos» medios de transporte propiciados por el rechazo y carestía de los combustibles fósiles, como los dirigibles que copan el transporte aéreo, a los cultivos en azoteas y granjas urbanas dentro de los edificios…

Sin olvidar, por supuesto, una inmersión en la teoría del capitalismo y los males a los que su implantación salvaje ha llevado al mundo en general, y una serie de consejos o modelos que servirían para hacerle frente. El flujo de inversiones y movimientos de capitales, las maniobras comerciales que estiran al límite lo lícito y lo ético, los tiburones que no dudan en explotar la situación para exprimirle todo el beneficio posible caiga quien caiga por el camino y sacando siempre tajada de cualquier situación por dramática que sea para los implicados, la regentrificación de los barrios populares, la esclavitud del mercado de valores… Y en el lado contrario, la propia torre del Metropolitan Life organizada a modo de una cooperativa de propietarios, donde los residentes comparten ciertas tareas, como el cultivo de las granjas o el comedor comunitario, en una economía casi de intercambio. Está claro que las ideas de Robinson son abierta y justificadamente contrarias a los excesos del capitalismo y sus «conspiraciones», convirtiéndolo en el auténtico villano de la novela. La búsqueda de cierto equilibrio entre tan diferentes, casi opuestas, teorías económicas, no obstante no termina de justificar lo que parece una obcecación en seguir apostando por ciertos sistemas que se han demostrado fracasados o ampliamente rebasados en su aplicación práctica por la historia, a corto y medio plazo.

Entre toda esa construcción del mundo Robinson va plantando una serie de tramas que van a conformar el tramo central y final de la novela: la investigación de la desaparición de dos de los residentes, la búsqueda del tesoro hundido de cierto barco inglés, la oferta de compra hostil de la torre Metropolitan Life, los intentos de sabotaje contra el edificio o las aventuras ecologistas de Amelia. Líneas que van cobrando entidad conforme se van intuyendo los puntos de confluencia hasta que prácticamente todos terminan formando uno solo. El trabajo de Robinson desvela su gusto por los pequeños detalles humanos, destellos y momentos en que sus personajes viven de verdad, frente a unas caracterizaciones más encorsetadas. En medio de pequeñas pinceladas de aventura y tensión —la inmersión de los jóvenes ratas de agua con una campana de buceo echa por ellos mismos, el transporte algo accidentado de unos osos polares, una tormenta explosiva, la rebelión de los desposeídos...— el autor crea un enorme ecosistema humano en torno al Nueva York sumergido, auténtico protagonista de la novela, con nuevas culturas y formas de vida. La libertad florece, la colaboración y el trueque de materiales y trabajos están a la orden del día, la educación y el arte se ramifican con métodos innovadores, la cooperación es el ideal a alcanzar. Nueva York es el taller en el que se está forjando el futuro del orbe y son sus gentes las que lo van a hacer posible, incluso aunque haya que echar mano de la revolución para lograrlo. Surge una nueva sociedad que, no obstante, está lejos de librarse del yugo de la antigua, de sus políticas y métodos. Y que tiene muchas necesidades que sólo aunando esfuerzos van a poder ser cubiertas.

Después de Aurora quedaba claro que el autor no era precisamente optimista sobre el lugar de la humanidad en el mundo, pero aquí coloca otro clavo en su ataúd. El mundo, aboga, está destinado a irse al garete y poco, o nada, parece ser lo que se puede hacer para evitar tan aciago destino. Los idealistas siempre lucharán por mejorar las cosas o evitar para el común del mundo lo peor del temporal, pero ¿será suficiente? ¿Marcarán sus esfuerzos algún tipo de diferencia? ¿Se puede salvar todavía el planeta para la humanidad o el futuro será sin nosotros? Habrá que leer hasta el final de la novela para conocer el pronóstico de Robinson.

2 comentarios:

Javi R dijo...

Tenía este libro como una de mis lecturas del año, pero varios conocidos me han dicho que es bastante aburrido y se hace difícil de digerir.

Si tuviera menos páginas me lo planteaba.

Saludos y buena reseña.

Santiago dijo...

Personalmente no me ha parecido aburrido ni indigesto, pero sí que reconozco que Robinson se pasa mucho con el tema económico primando a veces sobre la trama (que es mera excusa, por otra parte). Hay que cogerle el punto y si no te va, pues no te va a ir aunque te esfuerces ;-)

Saludos